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Historia

JAHANGIR, EL EMPERADOR NATURALISTA

Surendra Sahai

 

 

Jahangir, cuando era príncipe, acompañaba al emperador Akbar en sus compañas en Cachemira y se enamoró del encantador esplendor natural de las montañas, manantiales, árboles y flores que se encontraban allí. La autobiografía particular de Jahangir, Tuzuk-i-Jahangiri,contiene interesantes relatos del encanto del feliz valle: «Cachemira es un jardín de primavera eterna..., un delicioso arriate de flores y una herencia animada para los derviches. Sus agradables praderas y fascinantes cascadas son indescriptibles.» Esto señaló el comienzo de una aventura que duró toda la vida. Nurjahan alentó a Jahangir al planificar jardines en diferentes partes de Cachemira. Esto también apartó de la mente de Jahangir la carga de los asuntos del reino.

         Jahangir compartió con Babar, su bisabuelo, un lazo especial con la naturaleza. Jahangir fue un naturalista, dotado del agudo poder de observación de detalle incluso en la flor más pequeña. Esto no invocó en él ningún ánimo espiritual ni le inclinó hacia las fuerzas invisibles del cosmos. Tenía un impulso irreprimible de preservar para la posteridad el esplendor de la naturaleza en miniaturas. Ustad Mansur y Abul Hasan, dos pintores especialistas, fueron encargados de la tarea de pintar las imágenes de las flores. Mansur, se cree, pintó casi mil especies de flores de Cachemira, de las cuales sólo unas cuantas sobreviven. Sin embargo, una idea más o menos exacta de la obra de estos pintores puede obtenerse de los cuadros de la flora y fauna que adornan los bordes de muchos retratos reales, donde su grandeza, a menudo, domina la presencia de la realeza. Quizá, la inspiración de pintar la flora vino de las hierbas del siglo xvi tales como las de Gerard, que habían llegado a la corte mogol. Jahangir fue el primer emperador que inició la descripción de la flora y fauna para formar una categoría distintiva de pinturas basadas en la observación hecha por él y su estudio.

         Jahangir ofrece algunas descripciones detalladas de flores en su autobiografía: «Pueden observarse las excepcionales flores que se encuentran en este país (Cachemira). Entre las flores que vi hubo una extraordinaria: tenía cinco o seis flores anaranjadas que brotaban con su cabeza hacia abajo. De en medio de estas flores salían unas hojas verdes, como en el caso de la piña.» Esta es la corona imperial, tal como la describió Jahangir. Las flores descritas en las miniaturas y en el trabajo de incrustación parecen extremadamente estilizadas y, a veces, apenas identificables. Desde el punto de vista de estilo, son persas: ciclaminos, lirios, tulipanes, coronas imperiales, rosas, amapolas y peonías. Cachemira proporcionó una amplia gama de flores raras: claveles, delfinios, malvas reales, jazmines, lilas, lotos, narcisos, azafrán, alhelíes y alhelíes amarillos. Los grandes pintores infundieron en estas flores una gloria y encanto muy elevados.

         El relato de Jahangir de estas flores forma un estudio botánico en sí, sin el vocabulario especial científico incomprensible y el análisis anatómico de las flores. Hoy, probablemente, esto parecería simplista, pero en el siglo xvii resultaba extraordinario y sorprendente. «La champa es una flor con una fragancia sumamente dulce; tiene la forma de la flor de azafrán, pero es amarilla con tendencia a blanquear. El árbol es muy asimétrico y grande, lleno de ramas y hojas, y es asombroso. Cuando brota, un solo árbol aromatizaría un jardín entero. Sobrepasándola es la flor kevra (Pandanus odoratissimus). Su forma y apariencia son extraordinarias, y su aroma es tan fuerte y penetrante que no cede al olor almizcleño», dice Jahangir. Añade las flores de jazmín, maulsiri y ketki a la lista de flores con una fragancia irresistible y encantadora.

         Entre los árboles típicos de Cachemira están el ciprés, el pino, el chinar, el álamo blanco o el sauce. Algunos en la lista no son naturales de Cachemira: «El árbol de sándalo, que una vez fue característico de las islas Java y Sumatra, también florece en los jardines.»

         La fama de Jahangir como naturalista se basa en el estudio gráfico de pájaros y animales que le interesaban mucho por sus hermosísimos plumajes y rasgos físicos y hábitos extraordinarios. Jahangir cuidó un par de cigüeñas infantiles durante cinco años y solía llevarlas consigo en sus viajes para observar sus prácticas amorosas. Se entusiasmó cuando los pájaros pusieron huevos y se criaron los pollitos. Fue el primer emperador mogol en anillar a los pájaros y peces para observación, una indirecta, bien adquirida por los ornitólogos modernos.

         Como naturalista inspirado, Jahangir estaba muy ansioso de conocer los secretos de la naturaleza. Era muy escéptico sobre los mitos relacionados a la fuerza y los rasgos físicos de animales. Una vez, al cazar un enorme león, Jahangir ordenó que se extrajeran sus intestinos. Anotó: «Pareció que al contrario a otros animales, cuyas vesículas biliares se encuentran fuera de sus hígados, la vesícula biliar del león está dentro de su hígado. Me vino a la mente que el coraje del león puede deberse a esto». Jahangir también notó que las orejas, la trompa y la cola de un elefante etíope son más grandes que las de su equivalente indio, lo cual constituye la primera versión de comparación registrada entre estas dos especies.

         Para algunos de sus estudios de naturaleza, Jahangir ordenó el análisis anatómico del cadáver de los animales. Sus hallazgos sobre el análisis anatómico de una avutarda revelan cosas interesantes: «Es una cosa extraña que la tráquea en todos los animales que los turcos llaman halq es única desde la parte superior de la garganta hasta el buche (china dan) mientras que en el caso de la avutarda es diferente. Tiene una anchura de cuatro dedos desde la parte superior de la garganta y luego se divide en dos antes de llegar al buche. En el lugar donde se divide, hay una obstrucción (sarband) y se siente un nudo (girih) en la parte de la mano. En la kulang (cigüeña), parece aun más extraño. Su tráquea pasa en una forma serpentina entre los huesos de la pechuga hasta el obispillo y luego vuelve atrás desde allí y se junta con la garganta.» Observaciones semejantes llenan páginas enteras de la autobiografía del emperador naturalista.

         Las observaciones de Jahangir sobre elefantes son sumamente interesantes cuando él menciona que al nacer sus crías primero salen fuera sus pies y cómo la madre echa polvo en la cría antes de que ésta luche por levantarse y esté en pie. Las palabras de Jahangir muestran su gran curiosidad y encanto por la belleza de la creación de la naturaleza. Le fascinaba un pavo particular: «Más grande que una pava y más pequeña que un pavón. Cuando está en celo y se expone a sí mismo, extiende sus plumas como un pavo real y baila. Su parte trasera y sus piernas son como los de un gallo.»

         Su descripción de una cebra abisinia es sencilla y correcta: «Uno puede decir que el pintor, con un pincel extraordinario, la había dejado en la página del mundo. Ya que era extraordinaria, algunas personas imaginaron que había sido pintada. Tras una investigación detallada en la verdad, se supo que el Señor del Mundo había sido su creador.»

        Los álbumes imperiales contenían las piezas maestras de los estudios de la naturaleza por parte de artistas consumados tales como Mansur, Abul Hasan, Manchar, Inayat y Murad. Estos estudios de aves forman el apartado más impresionante de las miniaturas del período de Jahangir. Jahangir podía reconocer fácilmente el trabajo y los rasgos especiales de sus pintores selectos y les otorgó a Mansur y Abul Hasan los títulos de Nadir-ul-Asr (Maravilla de su época), un honor extraordinario para los artistas.

         Mientras que se tuvieron que juntar los abundantes apuntes de Babar sobre sus observaciones de los acontecimientos, la vida y la naturaleza en forma de una autobiografía adecuada a una fecha posterior, el Tuzuk-i-Jahangir contiene el relato día por día de las percepciones del emperador sobre la naturaleza, la ciencia y el arte que combinan una respuesta estética extraordinaria. Es, sin embargo, el racionalismo empírico de Jahangir combinado con una respuesta casi extática a los hechos sencillos de la naturaleza lo que tiene un valor incalculable para nosotros aun después de casi cuatrocientos años. Tal como observa el destacado historiador de arte Bamber Gascoigne: «El emperador hubiera ganado mucha simpatía por parte de los científicos quienes, a miles de millas de distancia y casi treinta años después de su muerte (1627), se reunieron en Londres para establecer la Royal Society.» Un elogio merecido para el primer emperador naturalista de la India.

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