Instituto de Indología

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MUERTE, INSEPARABLE COMPAÑERA DE VIDA

Experiencia de una familia española superviviente de la catástrofe del monzón en India

David Rodrigo García

 

      

            La Madre Ganga, el río más venerado de la India, engulló sin más miles de sus hijos/as más devotos en la pequeña y antaño apacible ciudad sagrada de Uttarkashi, en el Himalaya indio, a escasos veinte metros de nosotros, una familia de españoles con tres niños, de ocho y cinco años y un bebé de sólo tres meses.

            La amorosa y venerada Madre de la noche a la mañana se tornó violenta como tormenta en alta mar entre las callecitas del pueblo hecho de pequeños ashrams o centros espirituales hindúes. Furiosa y despiadada ahogó de inmediato las casitas, los ashrams y sus moradores que se adentraban en su curso, hasta ese instante una enorme avenida europea de adoquines calentados al impecable Sol de alta montaña.

            Una lluvia suave y dulce animaba incesante al monstruo que venía rugiendo desde su nacimiento cien kilómetros al Norte, en el glacial Gomukh.

            El segundo día de la catástrofe empezaron a desplomarse frente a nuestros ojos grandes y pequeños edificios de rápida construcción, hoteles, casas, templos, ashrams, situados ya fuera del cauce del río oceánico, separados antes por una pequeña carretera. El río no saltó sus fronteras conquistando de una vez la ciudad a cara descubierta, sino que sigilosamente iba comiéndose sin respirar la tierra a los pies de cuanto hubiera a sus costados hasta que todo ello empezó a caer graciosamente como castillos de naipe. Como las fallas en la cremà, recordó mi mente valenciana, pero con ninots de carne y huesos.

            Incluso arrastró recios puentes de hierro para coches y camiones. Las carreteras, silueteando el río, quedaron enseguida destrozadas en todas direcciones y aquel pueblito sagrado se convirtió en una ratonera, como una trampa mortal.

            A partir de ese momento era la crónica de una muerte anunciada con la única incógnita de cuanto quedaría de la ciudad, abarrotada entonces por los miles de peregrinos que cada año la visitan en su viaje hacia el nacimiento de la Madre Ganga y el templo estelar de Gangotri.

            Antes de la catástrofe una amiga nos ayudó a alojarnos en un ashram llamado Kailash a los pies de la entonces tierna Madre. Varios días después, el 15 de Junio, la Ganga se llevó como quitando el polvo dos templos del ashram donde nos alojábamos. Afortunadamente la catástrofe empezó de día, lo que redujo notoriamente la muerte humana. No fue así en Kedarnath, otro lugar fundamental de peregrinación para los hindúes, situado en el mismo estado de Uttarakhand, a más de 3.500 metros en el Himalaya, el Padre universal para los hindúes. Cálidas lluvias torrenciales derritieron enormes cantidades de hielo glaciar que fijó en sangre sus nuevos dos cauces que convergieron exactamente en el pueblo de Kedarnath, prácticamente borrándolo del mapa en un suspiro.

            Las víctimas humanas son todavía inciertas. Se habla de unas 400 en el área de Uttarkashi y entre ocho y treinta mil en la de Kedarnath. Una auténtica “crisis nacional” tal y como lo describió el Ministro Indio de Asuntos Interiores, Sushil Kumar Shinde.

            Mi mujer y yo decidimos llamar al teléfono de emergencias de la Embajada de España en Nueva Delhi imaginando que la vida de nuestros hijos no corría peligro ya que nuestra patria vendría a rescatarnos con helicóptero se fuera necesario. Una atenta señorita nos escuchó e informó de que “no tenían información de ninguna alerta”. “Pues el Ganges se está llevando edificios, puentes, carreteras frente a nuestros ojos”, le contesté. “Entonces le recomiendo que sigan las instrucciones de las autoridades indias”, repuso la funcionaria de nuestra Embajada, “que son los que están en la zona. Miraré por Internet la previsión           meteorológica y les informo”. “Está bien, gracias. Veremos…”, le contesté sintiendo la penetrante mirada de mi mujer con nuestro bebé en brazos.

            Tres largas noches mi mujer y yo pasamos en turnos de alerta natural mirando a la Ganga desde nuestras camas mientras mi mujer amamantaba el futuro de nuestro bebé y nuestros otros dos hijos dormían extrañamente tranquilos, con la paz de cada noche arropados por el rugido de la Madre Ganga, pese a que ya eran conscientes de cuanto sucedía a escasos quince metros de sus cabezas perdidas en el sueño profundo.

            No había luz ni agua corriente. La conexión telefónica era escasa. Al día siguiente sonó el móvil. “Llamo para que me informéis de la situación”. Era la señora de la Embajada. “Estamos vivos”, le dije. “Como te dije, seguid las indicaciones de las autoridades indias en el terreno. La previsión es que hoy y mañana continuará lloviendo y después habrá dos días de tregua”, continuó ella. “Veremos…”

            Con emocionadas lágrimas mi mujer contó a nuestros hijos una película en la que una familia india se cogió de las manos para recibir a la inminente muerte por catástrofe acuática, se miraron a los ojos y sonrieron. “Sólo muere el cuerpo”, les recordó a nuestros hijos.

            Entre la catástrofe y la desgracia reinaba una serena paz en Uttarkashi, no sólo entre los monjes de los ashrams sino también en la gente local y los peregrinos. Esa paz nos envolvió también a nosotros.

            “Algo hemos aprendido”, pensé. Llegamos a India hace cinco años buscando inspiración sobre la Verdad y el sentido de la vida en su tradición filosófica y espiritual más auténtica, hoy en las catacumbas de la India moderna del crecimiento económico que maravilla al mundo arrojándose cegada al abismo del materialismo pese al vacío existencial y la ausencia de alternativas con seguras raíces ancestrales ya evidentes en Occidente que, hastiado, renueva su mirada a Oriente, ansioso de paz, felicidad y amor. “Estoy orgulloso de ti”, le dije a mi mujer besándola. “Estoy orgulloso de todos vosotros”, continué disolviéndonos con nuestros tres hijos.

            Nuestro bebé nunca cesó de sonreír en todo el drama, inocente o no.

            Al fin la lluvia dio la breve tregua prometida por nuestra Embajada y la Ganga se relejó levemente. Sin embargo, no se podía salir del pueblo, en ninguna dirección, ya que las carreteras estaban destrozadas. El ejército indio tomo literalmente la zona y trabajó arduamente, como un padre por sus hijos, en urgentes evacuaciones de personas y reconstrucción de carreteras. “En un día o dos las carreteras estarán abiertas”, informaban, “si no llueve y podemos trabajar”. Aunque otras gentes decían que en una semana o incluso un mes, con lo que la tregua monzónica habría cesado y la batalla por la vida se reanudaría cruelmente.

            El monzón anterior este mismo pueblecito clave en la peregrinación en el Himalaya sufrió otra terrible inundación similar de las que se dice sucede cada cien años. “Dios no quiere que el Himalaya se convierta en una atracción turística y pierda su atmósfera espiritual”, es la conclusión más repetida entre las incesantes discusiones de los locales. “Está haciendo limpieza”. “Padre y Madre están enfadados por nuestro mal comportamiento.”

            Treinta millones de turistas visitaron en 2010 este estado de India, Uttarakhand, mientras diez años antes fueron una tercera parte, según estadísticas oficiales del Gobierno indio. El crecimiento económico.

            En los alrededores del templo de Kedarnath ya solo queda el templo, dedicado a Shiva, Dios hindú destructor de las formas, aún en vida.

            Esperando al amigo ejército y mirando al cielo llegó el día del año en el que se venera especialmente a la Madre Ganga y así fue, como siempre, desde tejados en peligro incesante de derrumbe. Se puede odiar y temer al río, pero no a la Madre que te enseña, aún con despiadado castigo.

            Entretanto se hizo el sexto cumpleaños de nuestro hijo mediano y repartió caramelos entre los sadhus “monjes” de nuestro ashram. Una familia amiga del pueblo le hizo una entrañable e inolvidable fiesta sorpresa de cumpleaños. Nuestro hijo estaba radiante con sus regalos de un euro.

            Durante una semana apenas pudimos salir de nuestra sencillísima habitación con duras camas de monjes y vistas al Ganga cuyo rugido era la monótona banda sonora de nuestras vidas. Nuestros hijos mayores se redescubrieron haciéndose realmente amigos. Sus juguetes, la imaginación.

            Pero la situación se agravaba. Los días continuados sin luz, agua corriente ni comunicación terrestre ni con el pueblo vecino hizo que la comida escaseara y la higiene de los alimentos y el agua se desplomó. Todos nosotros caímos enfermos, excepto el bebé que sólo se nutre de leche materna. Nuestros dos otros hijos vomitaban hasta el agua. Fuimos al médico pero su infección de estómago no se curaba.

            ¡Finalmente las carreteras se abrieron! Corrí a buscar taxi para regresar a nuestro hogar, Rishikesh, otro pueblo sagrado junto al Ganga a 170 kilómetros al Sur de Uttarkashi. Como yo, miles de personas colapsaron los taxis locales. No había coche para salir de allí, nuestros hijos estaban enfermos y la lluvia podía reaparecer en cualquier momento.

            Supe entonces que el Gobierno monopolizaba gran parte de la flota de coches disponible para hacer frente a las emergencias y logré que nos asignaran un coche por emergencia médica. Con un conductor agotado entre estrechísimas carreteras de montaña aguantadas por un alfiler de tierra colocado por el ejército el 21 de junio llegamos al fin a Rishikesh tras ocho horas de angustia.

            Entonces vi los cientos de cuerpos muertos que llegaban junto a nosotros por la Ganga.

            La lluvia ha regresado frenando el rescate de supervivientes y la recuperación de los cuerpos muertos. La Ganga está todavía enfurecida y en el Himalaya llueve sobre deslizante tierra mojada. Veremos…

            La muerte es la inseparable compañera de la vida. Todo el mundo lo sabe pero todo el mundo lo ignora… hasta que es demasiado tarde. Y creemos vivir en la era del conocimiento y el progreso. ¡Orgullosa es la ignorancia!

          

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