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Sociología

VIOLACIONES Y «CONDICIÓN DE LA MUJER» EN LA INDIA

Álvaro Enterría

La brutal violación y asesinato de una joven estudiante en Delhi por un grupo de rákshasas (demonios) hace unas semanas desencadenó una gran ola de protestas por todo el país. Los medios de comunicación internacionales han recogido este hecho y, como era de esperar, lo han acompañado por evaluaciones paternalistas sobre la condición general de la mujer en la India que, a mi entender, pecan en gran medida de superficialidad y de juzgarlo todo con la mentalidad occidental actual (lo cual ocurre también con las demás civilizaciones, como el mundo islámico, etc.).

Como llueve sobre mojado, y en España me preguntan a menudo por “la condición de la mujer en la India”, querría compartir con vosotros unos pensamientos, a sabiendas de que este es un tema muy delicado que levanta muchas ampollas y pasiones en Occidente. Tengo el privilegio de conocer bien dos mundos, y soy a menudo consciente de las incomprensiones entre los dos.

Lo primero que llama la atención al ver hechos como estos es el enorme precio que está pagando la India en su modernización. Las normas de la cultura tradicional se aflojan cada vez más, dejando a mucha gente en “tierra de nadie”. En concreto, muchos campesinos, antes integrados en una cultura y forma de vida clara y con sentido (aunque, evidentemente, muy dura en ocasiones), están siendo transformados en proletarios sin raíces ni cultura. Y en esta “tierra de nadie”, un gran valor que se está perdiendo a marchas forzadas es el respeto que la cultura tradicional otorgaba a la mujer (y que aún se le sigue otorgando en muchos ambientes).

Se habla a veces de la “desvalorización de la mujer”, que viene de antiguo. Sí, esto es muy cierto, pero es sólo, en mi opinión, la mitad de la verdad. Es imposible comprender la situación de la mujer en la India sin comprender la ambigüedad, las dos caras, que la tradición ha presentado en este tema. Teóricamente, la mujer está subordinada al hombre (como en toda sociedad tradicional), pero sin embargo, en pocos lugares se ha dado tanto valor a lo femenino. De esto testifica el hecho de que la Divinidad se concibe a menudo como Diosa: la Diosa Madre, mucho más que como Padre; por otra parte, toda divinidad masculina está acompañada de su “esposa”, que es quien le da su energía (shakti), su capacidad de actuar. Por otro lado, la mujer tenía y sigue teniendo un gran poder en la familia, y la sociedad india está formada por familias antes que por individuos. Una matrona india es una de las figuras más respetadas en la sociedad.

La mayoría de las críticas que se hacen, desde un punto de vista “feminista” que se ha vuelto el punto de vista occidental “por defecto”, adolecen, a mi entender, de una gran incomprensión de base: todo cuanto se diga se hace —así lo asegura el pensamiento de la India— desde un cierto punto de vista; no hay un punto de vista absoluto, verdad o error, bueno o malo, que sea definitivo e independiente del observador. Y aquí, el observador pertenece a una cultura y el observado a otra. No se puede juzgar a una sociedad con los valores de otra.

La sociedad tradicional india es lo que se llama “orgánica”: se basa en valores comunitarios, donde priman los grupos sociales (familia, casta = comunidad), y donde no se concibe al individuo como tal, como ente independiente. Al contrario, el Occidente moderno se ha formado reivindicando al individuo como ente en sí, libre y supremo, resistiéndose a las presiones sociales. La nueva clase media india está a medio camino entre estos dos polos, si bien dirigiéndose claramente del comunitario al individualista. Así, la India se encuentra desgarrada entre dos sistemas de valores opuestos.

En la sociedad tradicional, los individuos tienen el deber de contribuir al bienestar de su familia y su comunidad; en la moderna, los individuos tienen el derecho de ser felices más allá de las presiones sociales. La “libertad” es el valor moderno supremo; el “servicio” lo es de la sociedad antigua. Desde el punto de vista moderno, “servicio”, “sacrificio”, suponen opresión; desde el punto de vista tradicional, el nuevo concepto de “libertad” es en realidad esclavitud de la persona a sus impulsos egoístas.

En cierta ocasión le preguntaron a mi mujer (Árati Náyak): “¿No crees que la mujer india no es libre?”, a lo que contestó: “Yo no entiendo ese concepto de libertad. Desde que nacemos, dependemos de nuestra madre, de nuestro padre, de nuestra familia...” A las mujeres occidentales suele parecerles terrible la condición de las mujeres en la India y otros países, pero muchas se sorprenden al saber que a mi mujer le parece terrible la condición de las mujeres en Occidente. La mujer tradicional no quiere ser “liberada” por la modernidad, aunque a menudo su hija, educada según valores muy distintos (las “English-medium schools” hacen furor en la India actual), no quiera ya ser tradicional.

Sin embargo, la tradición antigua se descompone a ojos vista, y a menudo deja un erial tras de ella. Una tierra de nadie que es pronto ocupada por los valores en alza: el dinero y la satisfacción inmediata de los deseos, que las normas antiguas mantenían a raya. Es así muy cierto que han aumentado mucho las injusticias y el mal trato a las mujeres. Cuando se pierde el respeto que se las otorgaba, a veces sólo les queda a las mujeres el valor económico, sexual y práctico. En una economía crecientemente monetaria, las mujeres no suelen controlar el dinero, la fuente moderna de poder. Y la pobreza, el desraizamiento y el abuso del alcohol, cada vez más extendido, extreman aun más la situación.

Otro cambio reciente (apoyado por el cine y los medios de comunicación) es presentar a la mujer como “objeto de deseo sexual”, algo que es extraño a la cultura tradicional, al menos desde ese punto de vista. La sexualidad era encauzada antiguamente mediante los matrimonios tempranos (algo espeluznante para la mentalidad moderna, que no se aflige tanto sin embargo por la promiscuidad sexual de los adolescentes). Tampoco la India antigua era puritana, como se ve fácilmente en su arte; parece que fueron los musulmanes y los británicos quienes impusieron normas más rígidas. Ahora, con los cambios recientes, la atención de los jóvenes (y no tan jóvenes) se dirige cada vez más hacia el sexo, hasta llegar en ocasiones a la obsesión. Es sabido que en las grandes ciudades (y especialmente en Delhi), en los autobuses, en la calle, las chicas son acosadas a menudo por jóvenes que intentan tocarlas. De las grandes megalópolis indias, las ciudades más “seguras” para las mujeres son Chennai (antigua Madrás) y Kolkatá (antigua Calcuta): las ciudades más conservadoras y tradicionales. Los enormes cambios a los que está sometida la sociedad india la están haciendo pasar a grandes pasos del ideal antiguo, la renuncia por el bien común (tyaga), al disfrute y la búsqueda de placer (bhoga).

Con todo esto que antecede no pretendo atacar los valores que rigen en Occidente, plenamente válidos en su entorno. Lo que siempre me indigna es el impulso “misionero”, rémora de su historia, mediante el cual Occidente pretende (casi exige) que todo el mundo se comporte igual que él, y sostiene que su “religión” es la única verdadera: el famoso “siglo XXI”, que por lo visto sólo puede ser de una manera.

Imaginemos que los medios de comunicación de la India empezaran a publicar artículos y documentales sobre “la terrible condición de los ancianos” en Europa: abandonados a menudo a su suerte por sus hijos, recluidos en residencias donde sólo esperan la muerte, sin que la sociedad los respete por su sabiduría ni les dé un papel que otorgue sentido a su vida. Otro tanto se podría escribir sobre “la condición de los niños”, creciendo en entornos familiares inestables y sin recibir a menudo el amor y la atención que necesitan. Claro, si los criterios son asistencia hospitalaria, medios económicos, buenas escuelas, etc., los países europeos nórdicos estarían a la cabeza del mejor trato a los ancianos y a los niños; si el criterio es el amor y un entorno afectuoso y de seguridad, el respeto y el sentido de la vida, India estaría muy por encima.

Por otro lado —y esto lo reconocen muchos periodistas—, el hecho de que haya habido una reacción de tal calibre a estos hechos brutales es un signo de que la sociedad india es muy dinámica y quiere luchar por resolver sus lacras. Lacras que tienen todas las sociedades, aunque las propias suelen resultar mucho más invisibles que las ajenas.

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