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Historia

HUELLAS DE LA INDIA EN LA CULTURA ESPAÑOLA

Mario Coll

 

 

 

(Foto: Cortesía de Francisco Romero Cid)

Fue Goethe el pionero en hacer caer la atención de la intelectualidad europea sobre la riqueza de la cultura india después de haber llegado a sus manos el bellísimo drama sánscrito Shakuntala. Shakuntala, una joven campesina, es seducida y abandonada por un rey ante el que hará valer sus derechos, proceso sobre el que se desarrollará la historia.

Schopenhauer, tiempo después, reconocería que todos los días al despertarse lo primero que hacía era zambullirse en las aguas serenas de las Upanishads. Y en fin, la lista de intelectuales alemanes que vibraron, se enriquecieron y bebieron de la cultura india sería larga. Los hermanos Schlegel, Franz Bopp, el cual crearía mucho antes una teoría sobre el origen de la lengua indoeuropea de la cual partirían como primas hermanas el latín, el griego, el sánscrito, etc.

A través de Ortega y Gasset entra cierto interés en el anémico panorama cultural español de la época sobre la literatura sagrada de la India, aunque no con todo el rigor debido y así tenemos que en su texto Ideas y creencias cita un texto del Dhammapada budista atribuyéndoselo al Rig Veda y ambos libros tienen tanto en común como un predicador franciscano con un talibán, esto es: nada.

Hubo un precedente interesante por su atrevimiento entre nuestros pensadores: Hervás y Panduro, en el siglo XVIII atribuía todo el conocimiento de Aristóteles así como de prácticamente todos los filósofos griegos a un origen hindú.

En el caso español —que es en definitiva el que nos ocupa— ya hay rastros del mundo indio en la alta Edad Media a través del puente islámico y persa durante el reinado de Alfonso X con los relatos de Calila e Dimna, una clara versión del original indio probablemente del siglo II a.C. conocido como Panchatantra. En el libro se recrea la típica forma oriental de explicaciones morales a través de animales que luego inspirará a tantos autores, como Samaniego, La Fontaine en Francia, etc. En cualquier caso no cabe duda de que nuestra literatura medieval en forma de apólogos le debe algo a la influencia india.

También habrá huellas de influencias indias en el Libro de los engaños o Sendebar, en el que el marco es la lealtad de un príncipe ante los requerimientos amorosos de la concubina de su padre, y la acusación de violación que ésta realiza, fundiéndose así el motivo de la madrastra perversa con el conocido relato bíblico de la mujer de Putifar. Con increíble similitud vemos relatada la vida de Buddha en el libro de Barlaam y Josafat: aquí, un joven príncipe que crece protegido de la visión de la pobreza, la enfermedad y el dolor y la muerte, acaba saliendo al mundo y chocando con la realidad, decidiendo convertirse en ermitaño y llevar una vida virtuosa.

Estamos, pues, exactamente ante la vida de Siddharta o Gautama tal y como se cuenta en los sutras budistas y que se convertirá en el Buddha o iluminado. Es muy probable que tanto Lope de Vega como Calderón tocaran fuentes de inspiración orientales para algunas de sus obras.

Pero donde encontramos la conexión filológica directa con la India es en nuestros gitanos. O ¿se puede considerar pura casualidad que el vocablo ‘chorizo’ signifique «ladrón» en caló —de ahí pasó a nuestro uso coloquial castellano— y en hindi robar se exprese con el verbo ‘chorana’, dando ‘chorar’ para significar robar en caló? Este es un ejemplo entre tantos que se podrían poner; por no entrar con detenimiento en el sorprendente parecido musical que el cante hondo y el flamenco en general tienen con ciertas danzas del norte de la India, tales como el kathak.

Sí; España, a pesar de su ubicación en el extremo occidental del continente, curiosamente está más vinculada de lo que suponemos con la cultura del Valle del Indo. Está más que comprobado que hallazgos en el campo de la matemática como el cero y los guarismos viajan de la mano del ajedrez a la por entonces bárbara Europa vía España, gracias al mundo islámico, que desde el norte de la India ya se extendía en el siglo VII por todo el Oriente medio y norte de África hasta Despeñaperros.

Si el 30 % de la lengua castellana es de origen árabe y durante ocho siglos ejerció su control la cultura islámica sobre una franja continua que iba desde Toledo hasta Delhi, ¿cuántas palabras de origen indostaní no se habrán derramado en el castellano a través del árabe —no me refiero a las que desde un tronco común indoario han creado el sustrato de las lenguas— y estaremos utilizando a diario? ¿Cuántos vocablos de hermosa etimología no estaremos pronunciando como ‘atalaya’, combinación del término atman —en sánscrito «alma» y ‘alaya’ que significa «morada», así pues, «morada del alma», en una poética construcción metafórica que vulgarmente quiere decir «posición alta desde la que se divisa cuanto ocurre»? Sin contar las palabras que los europeos fueron trayendo tras su contacto colonizador, como ‘avatar’ traída por los portugueses para referirse a un gran acontecimiento como lo es la venida de la divinidad a la Tierra cada cierto tiempo, que es lo que significa en sánscrito avatar —aunque con el tiempo derivara hacia otro significado, más en relación con lo aventurero— o ‘catamarán’, un tipo de embarcación muy conocida y que es como se denominan las embarcaciones en Tamil Nadu (en el sur de la India).

Todo un reto para nuestros filólogos todavía por trabajar que desgraciadamente aún no cuentan con un diccionario sánscrito-castellano, aunque el doctor Oscar Pujol ha llevado a cabo uno sánscrito-catalán. No puedo terminar el artículo sin mencionar la contribución de otro doctor, Enrique Gallud Jardiel, autor de más de una docena de libros relacionados con la India y su cultura como los imprescindibles para quien esté interesado en ella Diccionario de hinduismo, Shiva, el dios de los mil nombres o Vishnu, el dios protector.

En fin, lo que simplemente quería destacar con estas líneas es la desproporción entre el evidente vínculo de la cultura española con la india y la escasa atención prestada por las instancias oficiales a la fecha.

He de terminar recordando que fue Alfonso XII, el primer monarca español bajo el que se constituyó un departamento de Indología en España, de efímera vida por las complicadas circunstancias en que se desenvolvió la vida académica y política posteriormente, pero al que hay que agradecer al menos el haber favorecido el desarrollo de un campo de indudable interés bastante olvidado.

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